miércoles 8 de julio de 2009
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martes 3 de marzo de 2009
lunes 12 de enero de 2009
sábado 20 de diciembre de 2008
Adolescencia
Te vas con tus amigos, solos, por primera vez. Consiguen un chalet derruido en la mitad de la nada, a ochenta cuadras de la playa, con dos habitaciones y un baño. Sí, lo ideal sería que alquilaran entre 4 personas, pero desgraciadamente sos un ser muy sociable y pobre, con lo cual esa edificación alberga a 13 muchachos, contando a tu primo, que se sigue acoplando. Tu vida vacacional se resume en una sola cosa: contar los minutos que faltan para entrar al boliche. Para hacer pasar el tiempo más rápido, te enganchás en actividades comunes que involucran a personas del sexo opuesto del mismo grupo etario.
Un clásico ejemplo son los fogones. Elementos indispensables para llevarlo a cabo: un cajón de manzanas; un encendedor; una noche de poco viento; un amigo que sepa tocar El Oso en la criolla; un par de porros; un equipo de mate y snacks varios, salados o dulces, para paliar el bajón.
Una vez que entrás al circuito bolichero, difícilmente conozcas cómo se ve el cielo a las dos de la tarde, dado que no ponés un pie fuera de la casa hasta pasadas las seis. Este sistema presenta cierta coherencia, ya que la guita que gastás en el boliche, probando impronunciables combinaciones alcohólicas, no la gastás en almuerzo. Menos si más de la mitad del grupo tiene un revuelto gramajo de vómito contenido en el estómago.
Llevan pelotas de todos los deportes, aunque sólo los vean por ESPN. El instinto gregario los obliga a armar equipos, cuando en su puta vida levantaron el culo de adelante de la computadora. Seguramente tendrán la mala leche de enfrentarse con un equipo de volley integrado por cuatro jugadores de la Selección Nacional y dos de la reserva del Seleccionado Italiano; con lo cual pasarán vergüenza, recibirán pelotazos a la nariz y huirán, con la cola entre las patas, a meterse al mar "para sacarse el calor" (y desaparecer, si es posible).
El cuidado del hogar temporario no se les da muy bien. Rompen dos camas marineras por tirarse a lo bestia el primer día, no sea cosa de dormir en el piso durante el resto de la quincena. El baño se tapa apenas llegan, porque todos contuvieron las ganas durante el viaje en micro. Ni hablar de la cocina, ese cementerio de voluntades truncas. Llevaron polenta, arroz y enlatados desde su casa (como si en la costa no hubiera supermercados), pero no saben cómo prepararlos. Son capaces de comer polenta cruda, antes de leer el envase. Prefieren gastar tiempo y plata en adquirir vodkas dudosos, energizantes de marca y petacas varias, que guardarán de souvenir de este verano para el recuerdo.
Los platos de la casa, que por supuesto no alcanzan para todos, se lavarán, con suerte, el último día, sólo porque cae la dueña del lugar y los obliga, bajo amenaza de llamar a la policía. Al respecto, cabe agregar que siempre hay uno que sabe cocinar y limpiar el baño porque fue boy scout, y es explotado por todo el grupo, o de lo contrario se le hará un vacío y nadie le hablará hasta que el inodoro no rebalse de materia fecal.
Hay una baranda a huevo imposible de soportar, que seguirá ahí el año entrante. Se vuelve peor cuando la mitad del grupo es muy sucio y no se baña al salir, sólo se echa desodorante a lo bestia y pretende "dibujarla". Si viene gente ajena a las amistades al chalet, se le mentirá diciendo que el olor viene "del tanque de agua de la casa de al lado, se ve que no lo limpian hace mucho". Si logran ponerla durante las vacaciones, será con una muchacha lo suficientemente borracha como para que no note el hedor, las cucarachas y los calzones con palometa revoleados sobre la desvencijada cómoda.
Se hacen amigos de gente del interior, que es chapada, curtida, cogida y posteriormente olvidada, a menos que alguno se enamore mal, con lo cual joderá durante todo el año y hasta organizará encuentros que demandan un día entero de viaje sólo para ponerla. Siempre serán recordadas como "las chicas de Rosario", "las cordobesas", "las de Venado Tuerto", "las mendocinas" y similares. Generalmente, son las mismas féminas que lograrán poner un poco de orden en la casa, bajo promesa de que ustedes, los porteños, harán un gran asado para despedirlas, cosa que nunca sucederá.
Estas vacaciones serán tema de conversación durante todo el año, rememorando anécdotas divertidas sólo para los que las vivieron, y será olvidado al año siguiente, cuando repitan la hazaña y vivan nuevas aventuras.
Adultez
Indefectiblemente, vas con tu pareja, y una pareja amiga. Sí, seguís tan rata como siempre y no te da el sueldo para irse solos, así que compartirán gastos. En esta etapa de tu vida prometés asados y los cumplís, porque ya tenés a una señora esposa o similar que te machaca las pelotas a reproches hasta que vas a comprar el carbón y las mollejas.
Aún en plan gasolero, se las arreglan para comer, casi todas las noches, en restaurantes temáticos de precios exhorbitantes y mozas exhuberantes. Recibís más de un codazo por pispear una teta indiscreta, lo que te dificulta la digestión. Ni hablar de que esa noche no la ponés ni en pedo.
Van temprano a la playa, para aprovechar el día. Las minas se echan a tomar sol, embadurnadas hasta por debajo de la malla en aceites aceleradores de bronceado que las colorearán de manera poco natural. Los flacos hacen jueguito en la arena, mironeando cuanto pavo o par de lonjas estén reposando o bamboleándose en un radio de cien metros. Para compensar un poco, se hacen los mimosos sobre la lona, manoseándose sin pudor mientras la Doña Rosa de la carpa de al lado se cubre los ojos con la última revista Gente. Llevan el equipo de mate, galletitas de agua (porque las minas creen que pueden remontar un año de comida chatarra cuidándose dos meses antes) y edulcorante. A ustedes no les importa el cuerpo, así que mientras ellas se ahogan en baba, ustedes clavan churros rellenos y bañados de chocolate. Ninguna amaga a pedir uno, porque no quiere quedar como una gorda delante de la otra. Cuando se producen para salir, mandan a espiar a los muchachos para ver qué se pone la otra, o preguntan, muy al pasar "Che, Maru, qué te vas a poner?" "Algo sencillito, si total vamos acá nomás…" Cuando tu mujer sale con el jean estropeado y la musculosa más chota, la otra tiene puesto un conchero y plataformas con brillantina. Con el moco colgando, tu mujer acusa "voy a tener frío, mejor me cambio" y se tira el ropero encima. Vos y tu amigo clavan bermudas caqui, mocasines sin medias y chombas pasteles, mezclándose con el hombre promedio de la costa.
Antes de ir a cenar, pasean por las ferias artesanales. Ustedes no pueden evitar pensar "qué manga de vagos hippones drogones ladrones". Ellas compran velas aromáticas, sahumerios hindúes, pulseras de semillas, collares de troncos, aceites corporales, esencias relajantes, sales para baño, adminículos de cocina que jamás usarán, esculturas en fósforos y cualquier cosa que carezca de utilidad.
Cuando se cansan de la playa, hacen excursiones. Conocen los bosques energéticos, el faro, el casino, el museo del fundador de la ciudad, el casco histórico, los barrios conchetos, terminan comiendo torta en alguna repostería austríaca, suiza o alemana. Estas salidas son indispensables, para comentarles luego a sus parientes "no sabés qué maravilla, el faro tiene 864 escalones, los conté uno por uno", o "gané 700 pesos en el Black Jack, hay que tener mano para esas cosas…", acompañados, por supuesto, de las fotografías correspondientes.
Cuando cae la noche y vuelven al departamento, es inevitable: ponen música bossa al mango, se despiden y van a sendas habitaciones. Entre tema y tema se escuchan un par de gemidos, y las mujeres rezan por no cruzarse en el baño cuando van a higienizarse. La misma regla se cumple cuando tienen que ir de cuerpo; la música está siempre al mango, para que no se escuchen los gases. Los hombres, menos hipócritas, festejan sus flatulencias y hasta compiten para ver quién logra mayor estruendo.
Volverán al ritmo de la ciudad más bronceados, más gordos, con la digital repleta de fotos en pareja, tomadas por la otra pareja por supuesto, y aburrirán a sus compañeros de trabajo una semana entera comentándoles los pormenores de sus alucinantes vacaciones. El año que viene, prometen irse a: 1. Brasil. 2. El sur.
Te vas con tus amigos, solos, por primera vez. Consiguen un chalet derruido en la mitad de la nada, a ochenta cuadras de la playa, con dos habitaciones y un baño. Sí, lo ideal sería que alquilaran entre 4 personas, pero desgraciadamente sos un ser muy sociable y pobre, con lo cual esa edificación alberga a 13 muchachos, contando a tu primo, que se sigue acoplando. Tu vida vacacional se resume en una sola cosa: contar los minutos que faltan para entrar al boliche. Para hacer pasar el tiempo más rápido, te enganchás en actividades comunes que involucran a personas del sexo opuesto del mismo grupo etario.
Un clásico ejemplo son los fogones. Elementos indispensables para llevarlo a cabo: un cajón de manzanas; un encendedor; una noche de poco viento; un amigo que sepa tocar El Oso en la criolla; un par de porros; un equipo de mate y snacks varios, salados o dulces, para paliar el bajón.
Una vez que entrás al circuito bolichero, difícilmente conozcas cómo se ve el cielo a las dos de la tarde, dado que no ponés un pie fuera de la casa hasta pasadas las seis. Este sistema presenta cierta coherencia, ya que la guita que gastás en el boliche, probando impronunciables combinaciones alcohólicas, no la gastás en almuerzo. Menos si más de la mitad del grupo tiene un revuelto gramajo de vómito contenido en el estómago.
Llevan pelotas de todos los deportes, aunque sólo los vean por ESPN. El instinto gregario los obliga a armar equipos, cuando en su puta vida levantaron el culo de adelante de la computadora. Seguramente tendrán la mala leche de enfrentarse con un equipo de volley integrado por cuatro jugadores de la Selección Nacional y dos de la reserva del Seleccionado Italiano; con lo cual pasarán vergüenza, recibirán pelotazos a la nariz y huirán, con la cola entre las patas, a meterse al mar "para sacarse el calor" (y desaparecer, si es posible).
El cuidado del hogar temporario no se les da muy bien. Rompen dos camas marineras por tirarse a lo bestia el primer día, no sea cosa de dormir en el piso durante el resto de la quincena. El baño se tapa apenas llegan, porque todos contuvieron las ganas durante el viaje en micro. Ni hablar de la cocina, ese cementerio de voluntades truncas. Llevaron polenta, arroz y enlatados desde su casa (como si en la costa no hubiera supermercados), pero no saben cómo prepararlos. Son capaces de comer polenta cruda, antes de leer el envase. Prefieren gastar tiempo y plata en adquirir vodkas dudosos, energizantes de marca y petacas varias, que guardarán de souvenir de este verano para el recuerdo.
Los platos de la casa, que por supuesto no alcanzan para todos, se lavarán, con suerte, el último día, sólo porque cae la dueña del lugar y los obliga, bajo amenaza de llamar a la policía. Al respecto, cabe agregar que siempre hay uno que sabe cocinar y limpiar el baño porque fue boy scout, y es explotado por todo el grupo, o de lo contrario se le hará un vacío y nadie le hablará hasta que el inodoro no rebalse de materia fecal.
Hay una baranda a huevo imposible de soportar, que seguirá ahí el año entrante. Se vuelve peor cuando la mitad del grupo es muy sucio y no se baña al salir, sólo se echa desodorante a lo bestia y pretende "dibujarla". Si viene gente ajena a las amistades al chalet, se le mentirá diciendo que el olor viene "del tanque de agua de la casa de al lado, se ve que no lo limpian hace mucho". Si logran ponerla durante las vacaciones, será con una muchacha lo suficientemente borracha como para que no note el hedor, las cucarachas y los calzones con palometa revoleados sobre la desvencijada cómoda.
Se hacen amigos de gente del interior, que es chapada, curtida, cogida y posteriormente olvidada, a menos que alguno se enamore mal, con lo cual joderá durante todo el año y hasta organizará encuentros que demandan un día entero de viaje sólo para ponerla. Siempre serán recordadas como "las chicas de Rosario", "las cordobesas", "las de Venado Tuerto", "las mendocinas" y similares. Generalmente, son las mismas féminas que lograrán poner un poco de orden en la casa, bajo promesa de que ustedes, los porteños, harán un gran asado para despedirlas, cosa que nunca sucederá.
Estas vacaciones serán tema de conversación durante todo el año, rememorando anécdotas divertidas sólo para los que las vivieron, y será olvidado al año siguiente, cuando repitan la hazaña y vivan nuevas aventuras.
Adultez
Indefectiblemente, vas con tu pareja, y una pareja amiga. Sí, seguís tan rata como siempre y no te da el sueldo para irse solos, así que compartirán gastos. En esta etapa de tu vida prometés asados y los cumplís, porque ya tenés a una señora esposa o similar que te machaca las pelotas a reproches hasta que vas a comprar el carbón y las mollejas.
Aún en plan gasolero, se las arreglan para comer, casi todas las noches, en restaurantes temáticos de precios exhorbitantes y mozas exhuberantes. Recibís más de un codazo por pispear una teta indiscreta, lo que te dificulta la digestión. Ni hablar de que esa noche no la ponés ni en pedo.
Van temprano a la playa, para aprovechar el día. Las minas se echan a tomar sol, embadurnadas hasta por debajo de la malla en aceites aceleradores de bronceado que las colorearán de manera poco natural. Los flacos hacen jueguito en la arena, mironeando cuanto pavo o par de lonjas estén reposando o bamboleándose en un radio de cien metros. Para compensar un poco, se hacen los mimosos sobre la lona, manoseándose sin pudor mientras la Doña Rosa de la carpa de al lado se cubre los ojos con la última revista Gente. Llevan el equipo de mate, galletitas de agua (porque las minas creen que pueden remontar un año de comida chatarra cuidándose dos meses antes) y edulcorante. A ustedes no les importa el cuerpo, así que mientras ellas se ahogan en baba, ustedes clavan churros rellenos y bañados de chocolate. Ninguna amaga a pedir uno, porque no quiere quedar como una gorda delante de la otra. Cuando se producen para salir, mandan a espiar a los muchachos para ver qué se pone la otra, o preguntan, muy al pasar "Che, Maru, qué te vas a poner?" "Algo sencillito, si total vamos acá nomás…" Cuando tu mujer sale con el jean estropeado y la musculosa más chota, la otra tiene puesto un conchero y plataformas con brillantina. Con el moco colgando, tu mujer acusa "voy a tener frío, mejor me cambio" y se tira el ropero encima. Vos y tu amigo clavan bermudas caqui, mocasines sin medias y chombas pasteles, mezclándose con el hombre promedio de la costa.
Antes de ir a cenar, pasean por las ferias artesanales. Ustedes no pueden evitar pensar "qué manga de vagos hippones drogones ladrones". Ellas compran velas aromáticas, sahumerios hindúes, pulseras de semillas, collares de troncos, aceites corporales, esencias relajantes, sales para baño, adminículos de cocina que jamás usarán, esculturas en fósforos y cualquier cosa que carezca de utilidad.
Cuando se cansan de la playa, hacen excursiones. Conocen los bosques energéticos, el faro, el casino, el museo del fundador de la ciudad, el casco histórico, los barrios conchetos, terminan comiendo torta en alguna repostería austríaca, suiza o alemana. Estas salidas son indispensables, para comentarles luego a sus parientes "no sabés qué maravilla, el faro tiene 864 escalones, los conté uno por uno", o "gané 700 pesos en el Black Jack, hay que tener mano para esas cosas…", acompañados, por supuesto, de las fotografías correspondientes.
Cuando cae la noche y vuelven al departamento, es inevitable: ponen música bossa al mango, se despiden y van a sendas habitaciones. Entre tema y tema se escuchan un par de gemidos, y las mujeres rezan por no cruzarse en el baño cuando van a higienizarse. La misma regla se cumple cuando tienen que ir de cuerpo; la música está siempre al mango, para que no se escuchen los gases. Los hombres, menos hipócritas, festejan sus flatulencias y hasta compiten para ver quién logra mayor estruendo.
Volverán al ritmo de la ciudad más bronceados, más gordos, con la digital repleta de fotos en pareja, tomadas por la otra pareja por supuesto, y aburrirán a sus compañeros de trabajo una semana entera comentándoles los pormenores de sus alucinantes vacaciones. El año que viene, prometen irse a: 1. Brasil. 2. El sur.
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jueves 18 de diciembre de 2008
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miércoles 17 de diciembre de 2008
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